Paradiplomacia, cambio tecnológico y protagonismo global de regiones

Federico Trebucq,

Profesor de Economía Política Internacional, Universidad Siglo 21 Córdoba. Miembro del Comité Ejecutivo de la Red de Expertos en Paradiplomacia e Internacionalización Territorial (REPIT).

La participación de gobiernos no centrales en las relaciones internacionales con frecuencia es denominada bajo el término “paradiplomacia”. Este neologismo está sujeto a diversas interpretaciones que no siempre son convergentes, aunque encuentran su denominador común en reflejar los contactos, proyectos, acuerdos y gestiones que llevan adelante autoridades subestatales mas allá de las fronteras del estado nación del que forman parte.

Sin ánimos de entrar en una discusión semántica sobre el término, dado que en algunas geografías pueden tener connotaciones negativas, se puede decir que la paradiplomacia es un fenómeno que adquiere múltiples formatos de acuerdo al tipo de gobierno, las competencias a su cargo, los intereses económicos, políticos y sociales, la ubicación geográfica, los recursos disponibles, entre otros factores que determinan objetivos, instrumentos y agenda.

Esta contingencia, que son propias del territorio, también se encuentran atravesada por una serie de factores externos que determinan un escenario de oportunidades y amenazas, que van desde disposiciones del gobierno central y organismos internacionales, a las coyunturas propias de la economía política global. 

En definitiva, las proyecciones internacionales de los gobiernos no centrales responden a una configuración específica de factores internos y externos, haciendo que cada caso posea características particulares, lo que complejiza la tarea de explicar de manera universal, las causas, motivaciones y especialmente el proceso de toma de decisiones respecto a la estrategia internacional adoptada. 

Sin embargo, en esa particularidad se encuentra el atractivo de cada experiencia revelando los matices locales y la complejidad de un contexto globalizado, donde las sociedades al interior de los países no solo buscan acceder a oportunidades en el escenario internacional, sino también interpretan cuál es su lugar en el mundo.

En este sentido, la vasta experiencia acumulada en los últimos 30 años en los que las actividades paradiplomáticas se han extendido en todos los continentes, en estados con diferentes grados de descentralización y diferentes regímenes políticos, ha dejado una gran heterogeneidad de prácticas de gestión externa subnacional y que con frecuencia se encuentran asociadas a los diferentes tipos de jurisdicciones, que van desde municipios pequeños a grandes metrópolis y desde unidades agredas como departamentos, prefecturas y condados, a grandes regiones y provincias con características propias de un estado nación.

Si se permite una generalización, se puede identificar una diferenciación entre lo que se denomina paradiplomacia de gobiernos locales, relacionados al ámbito jurisdiccional más próximo a la ciudadanía, y una paradiplomacia de regiones o de unidades intermedias que agregan y contienen varios gobiernos locales en un territorio especifico.

Profundizar sobre las diferencias sería objeto de otro artículo, incluso uno mucho más extenso. Sin embargo, lo que interesa resaltar son los roles de cada tipo, mientras que la paradiplomacia de ciudades adopta un perfil asociado a la gestión urbana, con mayor cercanía al bienestar del ciudadano, con un perfil más cooperativo. La paradiplomacia de regiones posee un componente político más contestado, donde se intersectan no solo intereses urbanos, sino también pone en el centro de la agenda los modelos de desarrollo y la integración del campo-ciudad.

A partir de esta división, que puede ser más o menos arbitraria, se pueden extraer algunas reflexiones que contribuyan a pensar en el futuro y poner en valor una herramienta de gestión para favorecer el desarrollo regional sostenible, afirmar una identidad y cultura asociada al territorio, y tomar decisiones en un contexto complejo e interdependiente.

Desde comienzos de siglo, pero con mayor acentuación en la última década la globalización se encuentra experimentado una serie de transformaciones como resultado del proceso de cambio tecnológico y de un nuevo paradigma de tecno-productivo, que ha sido denominado como cuarta revolución industrial. Estas transformaciones alteran la configuración de la geografía, las relaciones políticas, las formas en las que se desenvuelve la económica mundial y consecuentemente los medios a través de los cuales las sociedades procuran bienestar y progreso.

Estos procesos de cambio tecnológico, son desencadenantes de nuevos modelos de desarrollo y re organizan los procesos de toma de decisiones. La emergencia de las formas flexibles de producción, las cadenas de valor y la fragmentación productiva propias de la tercera revolución industrial favorecieron la creación de sistemas regionales de innovación, la proyección de negocios y un modelo de representación más descentralizado, que convergieron en la integración de las regiones al mundo.

En la actualidad, la digitalización, inteligencia artificial, internet de las cosas, impresión 3D, desarrollos de nuevos materiales, biotecnología, tele presencia, entre otros desarrollos tecnológicos que se incorporan a los sistemas productivos y redistribuyen la división global del trabajo, poseen más incógnitas que certezas. Esto se puede ver materializado en la crisis de representación política del estado nación y en las emergentes guerras comerciales, pero sobre todo en cuáles serán las competencias que asumirán las regiones y cual será su rol en un nuevo orden transnacional.

Se estima que las extensiones de las cadenas globales de valor serían más cortas, lo que se puede observar a través de un proceso de reshoring o de retracción de la inversión extranjera directa, que la pérdida de poder relativo de la figura del estado nación a manos de otros actores públicos y privados, comienza reaccionar a través de políticas nacionalistas o anti globalización, que las desigualdades al interior de los estados son cada vez mayores y las tradicionales organizaciones internacionales encuentran cada vez más limitaciones para resolver las problemáticas para las que fueron creadas.

En este contexto las regiones comienzan a revelar un doble protagonismo en el escenario global, por un lado, como depositarios de competitividad genuina gracias a un proceso territorializado de especialización e innovación y como responsables de la aplicación y observancia de políticas de desarrollo sostenible. 

Por otro lado, ese protagonismo interno, se traslada a su rol en la gobernanza mundial, donde la voz de las regiones comienza a ejercer mayor presión sobre las estructurales multilaterales y las redes transnacionales como ORU FOGAR, Regions4, ZICOSUR, entre otras, que se sitúan como instancias de articulación y posicionamiento conjunto.

Estas cuestiones no están exentas de conflictos y no pueden ser resueltas de manera siempre armónica, es decir que naturalmente, dada la multiplicidad de intereses políticos, económicos y sociales repartidos en múltiples jurisdicciones, es un rompecabezas difícil de articular. Por lo tanto, se requiere una cooperación de modo radial, es decir esfuerzos orientados sobre diferentes direcciones, en un sentido vertical, arriba y abajo, y horizontal próximo y lejano.  

La situación demanda capacidad política, vocación de liderazgo y competencias profesionales en los responsables de diseñar y ejecutar las estrategias de desarrollo regional. La paradiplomacia se posiciona como una herramienta a disposición de las autoridades para cumplir con este mandato que comienza a revelar su nuevo protagonismo en el orden mundial.

 

 


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