La Migración es Territorial: por qué las regiones importan más que nunca

Elena (Olena) Tsvirko

Doctora en Ciencias Económicas, Profesora
Profesor visitante del Programa de Posgrado en Desarrollo Regional y Agronegocios (PGDRA) de la Universidad Estatal del Oeste de Paraná (UNIOESTE), Toledo, Paraná, Brasil.
Profesor de la Universidad Estatal de Infraestructura y Tecnologías (Ucrania). 

 

La migración se ha convertido en uno de los principales desafíos territoriales del siglo XXI.

Algunas regiones están perdiendo población. Otras reciben migrantes. Otras más funcionan como territorios de tránsito. Cada vez con mayor frecuencia, muchas regiones desempeñan simultáneamente estos tres roles. Por esta razón, una gestión eficaz de la migración ya no depende exclusivamente de los gobiernos nacionales. Depende, cada vez más, de las regiones.

Hoy, más personas que nunca viven fuera del país donde nacieron. Europa y Asia albergan casi dos tercios de los migrantes internacionales del mundo, seguidas por América del Norte, África, América Latina y el Caribe, y Oceanía. Estados Unidos sigue siendo el principal país de destino, con más de 50 millones de migrantes internacionales. Las personas continúan desplazándose en busca de seguridad, empleo, educación y mejores oportunidades para ellas y sus familias.

Según el Informe sobre las Migraciones en el Mundo 2026, el número de migrantes internacionales alcanzó los 304 millones en 2024, frente a los 72 millones registrados en 1960. Sin embargo, los migrantes representan apenas el 3,7 % de la población mundial, lo que demuestra que la migración ya no es un fenómeno excepcional, sino una característica permanente del desarrollo global. Estos movimientos están impulsados por fuerzas económicas, demográficas, sociales y políticas de largo plazo, que convierten a algunos territorios en polos de atracción para el capital humano, mientras que otros enfrentan desafíos como la despoblación, el envejecimiento de la población y la escasez de mano de obra.

Figura 1. Crecimiento de la población de migrantes internacionales y su proporción respecto de la población mundial, 1960-2024.

Fuente: Portal de Datos sobre Migración (2025); Departamento de Asuntos Económicos y Sociales de las Naciones Unidas (UN DESA) (2025).

La migración debe entenderse, por tanto, no simplemente como un fenómeno que debe gestionarse, sino como un proceso territorial capaz de transformar las economías regionales, las sociedades y las estructuras demográficas. Esto requiere algo más que políticas migratorias nacionales. Exige un liderazgo regional sólido, una planificación a largo plazo y una inversión sostenida en capital humano.

Las personas migran por razones muy diversas. Algunas huyen de conflictos armados, persecuciones, inestabilidad política o desastres relacionados con el cambio climático. Otras se desplazan voluntariamente en busca de empleo, educación, reunificación familiar o mejores condiciones de vida. Si bien los factores que impulsan la migración son muy distintos, sus consecuencias territoriales son notablemente similares. Las regiones deben responder a los cambios demográficos, la escasez de mano de obra, el aumento de la demanda de vivienda y de servicios públicos, así como al desafío de integrar a los recién llegados en las comunidades locales.

La migración se ha convertido en un importante motor del desarrollo regional. Contribuye a cubrir la escasez de mano de obra, impulsa el emprendimiento y la innovación, fortalece el comercio y la inversión, y facilita el intercambio de conocimientos y capacidades. Las remesas enviadas por los migrantes sostienen a millones de hogares y contribuyen significativamente al desarrollo local en los países de origen. Al mismo tiempo, la migración también plantea importantes desafíos, entre ellos la presión sobre la infraestructura y los servicios públicos, la cohesión social, la integración y la pérdida de trabajadores calificados en las regiones menos desarrolladas.

Por esta razón, la migración ya no puede analizarse únicamente desde la perspectiva del control fronterizo. Su éxito a largo plazo depende de lo que ocurra después de la llegada de las personas: si encuentran empleo, acceden a la educación, se integran en las comunidades locales y contribuyen al desarrollo regional. Es precisamente en este ámbito donde las regiones se vuelven indispensables.

Los gobiernos regionales se encuentran en una posición privilegiada para vincular las políticas migratorias con el desarrollo territorial. Conocen mejor que las instituciones nacionales las necesidades de los mercados laborales locales, las tendencias demográficas y las prioridades económicas. Además, trabajan directamente con municipios, empleadores, universidades, organizaciones de la sociedad civil y comunidades locales, lo que les permite responder con rapidez y eficacia a los desafíos relacionados con la migración.

Las regiones pueden atraer las capacidades que sus economías necesitan, facilitar el reconocimiento de títulos y cualificaciones obtenidos en el extranjero, invertir en la enseñanza del idioma y en la integración profesional, fortalecer la cooperación entre las instituciones educativas y los empleadores, y crear comunidades inclusivas donde los recién llegados se conviertan en actores activos del desarrollo local. De este modo, pueden transformar la migración de un desafío demográfico en un motor de innovación, competitividad y desarrollo territorial sostenible.

La cooperación internacional refuerza aún más estos esfuerzos. A través de redes como ORU Fogar, los gobiernos regionales pueden intercambiar buenas prácticas, desarrollar iniciativas conjuntas y aprender de territorios que enfrentan desafíos migratorios similares, a pesar de sus diferentes contextos geográficos, económicos y culturales. La cooperación entre regiones crea oportunidades para una gobernanza de la migración más equilibrada, basada en la evidencia y centrada en las personas.

El futuro de las políticas migratorias no se definirá únicamente en las capitales nacionales. Se definirá en las regiones, donde las personas viven, trabajan, estudian, crean empresas, forman familias y construyen su futuro. Es allí donde, cada día, se toman las decisiones que influyen en la integración, el capital humano, la cohesión social y la resiliencia territorial.

Ha llegado el momento de reconocer que las regiones ya no se limitan a implementar las políticas migratorias nacionales. Se están convirtiendo en actores estratégicos en su diseño. Unas regiones fuertes pueden transformar la migración de una fuente de presión en una oportunidad para el crecimiento económico, la resiliencia social y la cooperación internacional.

La migración debe gobernarse no solo en las fronteras nacionales, sino, sobre todo, allí donde se construye el futuro de las personas y de los territorios: en las regiones.


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