Con dos autobuses cedidos por el Ayuntamiento de Barcelona, tras ser retirados de la circulación en la capital catalana, un plan piloto de transporte escolar busca mejorar el acceso a la educación en las zonas rurales del norte de Senegal. El proyecto, impulsado por ORU Fogar, pretende reducir el absentismo y el abandono escolar, combatiendo las largas distancias caminado y la inseguridad a las que miles de alumnos se enfrentan diariamente. Esta iniciativa, cuando estén operativos todos los autobuses previstos, conectará 87 pueblos, facilitando el camino hacia las aulas a más de 6.000 estudiantes del Departamento de Dagana.
Cuando el sol aún no ha roto la niebla del amanecer, comienza la gran migración en la carretera que une Ross Bethio con Gae, al norte de Senegal. A partir de las seis de la mañana, miles de niños y jóvenes salen de sus respectivas casas, de barro o de cemento, coronadas con paja o tejados metálicos, y empiezan a caminar entre los campos de arroz y los suelos de laterita hasta llegar a la carretera principal. Es una coreografía diaria y silenciosa de mochilas sobre espaldas frágiles, uniformes multicolores y sandalias que levantan polvo a su paso. El destino es la escuela o el instituto. Van solos, en parejas o en pequeños grupos, pero casi nunca acompañados por un adulto. En las zonas rurales de Senegal, caminar entre tres y veinte kilómetros diarios es el impuesto cotidiano para poder escolarizarse.
En esta región atravesada por el río Senegal, que serpentea como un cinturón plateado en medio de la llanura, los pueblos se confunden con la naturaleza. Cuando llueve, los caminos se vuelven fangosos e impracticables. Cuando el sol quema, el polvo se eleva como una nube y lo cubre todo de tonos ocres y rojizos. En los momentos en que el cansancio puede más que la prudencia, algunos alumnos levantan el brazo para hacer autostop. A veces, un coche se detiene. A veces, no. Subir implica riesgos, sobre todo para las niñas.
Las clases empiezan a las ocho de la mañana. Llegar tarde es habitual. Y seguir una clase ya iniciada es como una batalla perdida antes de empezar.
Senegal es uno de los países más jóvenes del mundo: más del 40 % de la población tiene menos de quince años. La escolarización es obligatoria entre los seis y los dieciséis, pero la ley a menudo choca contra la realidad geográfica y social. En las zonas rurales, la distancia, la pobreza y las responsabilidades domésticas hacen que miles de niños y niñas abandonen los estudios de forma prematura. Algunos informes del Banco Mundial, de la Unesco o de Unicef resultan incómodos de leer: siete de cada diez niños de diez años no saben leer ni comprender un texto adecuado a su edad. Siete de cada diez tampoco dominan las operaciones básicas de cálculo. El fracaso y el abandono escolar se acumulan a medida que se avanza en el sistema educativo, hasta convertir la educación secundaria en un desierto. En este contexto, el acceso físico a los centros educativos es tan determinante como el currículo. La lucha por la educación no empieza con el primer libro, sino que comienza en la carretera.

Hoy es un día distinto. Antes de las siete de la mañana, en la carretera principal de Dagana, además de los carros, las bicicletas y los coches destartalados que forman parte del paisaje cotidiano, aparece en la lejanía un autobús blanco y rojo, con el logotipo de TMB (Transports Metropolitans de Barcelona) y unas grandes letras: Transport Scolaire. Avanza lentamente, levantando una cortina de polvo fino, y se detiene allí donde detecta un grupo de niños con mochilas en la espalda.
Es una prueba piloto. Dentro de unas semanas el servicio entrará en funcionamiento de manera regular. Hoy no hay horarios estrictos ni paradas fijas. El conductor frena cuando ve a niños caminando. Las puertas se abren. Los niños y niñas suben con una mezcla de euforia e incredulidad, como si ese gesto sencillo de sentarse, mirar por la ventana y dejar atrás el camino fuera una pequeña revolución.
Ourey tiene nueve años y camina a diario seis kilómetros con sus amigas para llegar a la escuela. Babakar tiene doce y lleva una camiseta del Real Madrid de una talla que le queda francamente ancha. Tanto él como Fatou, de trece, que nos mira con una sonrisa contagiosa, recorren entre siete y ocho kilómetros al día. Prefieren caminado antes que subir a coches de desconocidos. “Aquí, durante la infancia, se aprende con los pies”, comenta el conductor. Ousseynou tiene veinte años y estudia para técnico de la construcción. “Entre mi casa y el centro de formación profesional hay diecisiete kilómetros. Mi única alternativa para llegar es hacer autostop”, nos dice.
Además de los alumnos, en el autobús también suben varios periodistas de los principales medios de comunicación de Senegal. Quieren hacerse eco de la puesta en marcha de un proyecto que empezó a gestarse dos años atrás, a más de cuatro mil kilómetros de distancia.
Invitado por ORU Fogar, el presidente del Consejo Departamental de Dagana, Ababacar Khalifa Ndao, visitó Barcelona en noviembre de 2023. Para aquella visita se preparó una intensa agenda de reuniones con entidades de la sociedad civil, de cooperación y distintos departamentos del Gobierno de la Generalitat de Catalunya y del Ayuntamiento de Barcelona. Fue concretamente en uno de los encuentros con responsables del consistorio barcelonés cuando la conversación giró hacia un problema tan simple como estructural: las dificultades de los alumnos para llegar a las escuelas y a los institutos en las zonas rurales.
De aquella constatación nació la propuesta de reutilizar autobuses retirados del servicio en Barcelona —en la capital catalana, los vehículos se dan de baja cuando cumplen diez años de servicio— para implantar un sistema de transporte escolar en el norte de Senegal que pueda contribuir a mejorar las condiciones de escolarización. La cesión de los autobuses se formalizó el 23 de enero de 2025, en un acto institucional celebrado en la capital catalana, en el que participó el alcalde de la ciudad, Jaume Collboni.
Desde la firma del convenio hasta la prueba piloto con dos autobuses, se han superado numerosos trámites burocráticos, “desde ganar el concurso público convocado por Transport Metropolitans de Barcelona, inicialmente muy reticente a las donaciones, hasta los problemas en la aduana del Puerto de Dakar”, explica Carles Llorens, secretario general de ORU Fogar. “Pero una vez tengamos en Dagana todos los autobuses que requiere el proyecto (¡porque estamos trabajando para conseguir más donaciones!), se conectarán ochenta y siete pueblos, impactando positivamente en la vida diaria de más de 6.000 estudiantes de primaria y secundaria, entre los que hay más de 2.500 niñas”.

Dagana es un departamento que, más allá de las escuelas de primaria, cuenta con treinta y nueve centros de secundaria y bachillerato, cinco centros de formación profesional y un ISEP (Instituto Superior de Formación Profesional Richard-Toll) para una población escolar de 38.000 alumnos distribuidos en municipios rurales, periurbanos y urbanos.
El Collège de la localidad de Mboltogne concentra a cuatrocientos veintisiete alumnos hacinados en pequeños barracones, con docentes que combinan vocación y cansancio a partes iguales. Faltan pocos minutos para que empiecen las clases y todo son prisas y gritos en francés y wolof.
La sala de profesores en la que nos reunimos es una estancia rectangular, iluminada por la luz natural que entra por dos ventanas con finas cortinas medio abiertas. Las paredes, de un amarillo apagado, están salpicadas de tablones de corcho con avisos administrativos, hojas impresas y documentos sujetos con chinchetas. El mobiliario es austero: un armario metálico gastado, estanterías con carpetas y una pizarra lateral con anotaciones. Todo transmite una sensación de provisionalidad permanente, pero también de uso constante. En el centro de la habitación, una gran mesa de madera acoge la reunión improvisada entre el presidente del Consejo Departamental de Dagana, Ababacar Khalifa Ndao, el secretario general de ORU Fogar, Carles Llorens, el director del centro, el señor Bakhoum, y otros responsables educativos. Todos se sientan en sillas de plástico desiguales y celebran la puesta en funcionamiento de los dos autobuses procedentes de Barcelona. Sin embargo, es necesario diseñar un plan de recogida estructurado que pueda beneficiar a los niños y jóvenes que viven en aldeas de comunidades rurales situadas a media hora a pie de la carretera asfaltada.
—En Dagana, la distancia es una forma de exclusión —resume el director—. No es que las familias no quieran escolarizar a sus hijos; es que el trayecto es largo y agota antes de empezar la jornada. El abandono escolar no es una decisión repentina, sino un desgaste acumulativo. Unos minutos de retraso cada día se convierten en días y semanas al final de un año. Y las ausencias puntuales a los centros, en una desvinculación progresiva.
—Las condiciones climáticas tampoco ayudan —continúa uno de los maestros—. Pasamos del calor intenso y los vientos de arena del verano al frío glacial del invierno. A todo ello se suma la ausencia de comedores escolares y las dificultades para encontrar familias de acogida para quienes viven lejos.
—Los padres también se quejan de la inseguridad y de las agresiones sexuales que sufren sus hijas en el camino a la escuela —añade uno de los responsables educativos—. De hecho, el momento más crítico se da entre los doce y los dieciséis años, cuando la secundaria queda demasiado lejos.
—Evidentemente, dos autobuses no revertirán un problema endémico ni sustituirán políticas que no llegan a la periferia, pero señalan un camino —concluye el director—
Un camino que, ciertamente, no llega en un tren de alta velocidad, pero que quizá empieza de forma muy incipiente cuando un autobús de Barcelona abre sus puertas de madrugada y dice, sencillamente: ¡sube!
